El Escritor vivo, eco de la Herida Abierta del Tiempo
Por: Renato Tinajero

¿ESCRIBO?

Escribo. Ahora mismo escribo. Son palabras nada más. ¿Y lo son? ¿Palabras solamente? ¿No vale decir que en estas palabras, contenido en la elección de las palabras, de esas justamente y no de otras, soterrado en la forma del enunciado, disfrazado de una voz que me resulta sutilmente familiar y que ahora mismo susurra en mi interior, se encuentra el yo? Soy yo quien se encuentra en estas palabras.

¿Y lo soy? ¿Quién soy yo? ¿Qué es, a fin de cuentas, eso que llamamos “yo”? ¿El resultado, siempre inacabado, de una sucesión de acontecimientos que de frente o de manera tangencial alcanzan a tocar mi materia, que se abren paso a través de mis sentidos y se afianzan en algún sitio de ese agregado de moléculas que soy “yo”? ¿O algún tipo de núcleo, constante en medio de las mutaciones, que se deja moldear las aristas, que se deja penetrar, pero que se sostiene como prueba irrefutable de que “yo” soy yo, dueño de mi voluntad y mi albedrío, irreductible a cada una de mis partes, único como yo? Sea como sea, agregado o núcleo, trabazón temporal o cimiento permanente, ese yo que yo soy y que se llama como yo, escribe. ¿Y para quién escribe? ¿Escribe para yo? ¿Es para mí que yo escribe? ¿O para tú? Porque si hay un yo, debes haber un tú, y yo te supongo, mi yo te supone, y te supone semejante a yo, a mi yo.

Tú es yo. No en vano hablamos una misma lengua, usamos una misma escritura, nos encontramos en esta misma página. Si yo quisiera escribir solamente para yo, no usaría esta lengua, no usaría esta escritura, no acudiría a esta página. Te preveo, te adivino, hasta te anhelo. Anhelo tu lectura. ¿Sabes? Tú me enseñaste a escribir. Bueno, no fuiste quizás tú. Fue tú. Algún tú o algunos túes, varios de entre ustedes, una muchedumbre de tú y tú y también tú que me pusieron delante las letras, y el lápiz y el papel, y los libros, todos escritos por tú, por ti y también por ti, en los que vi desplegarse el caleidoscopio de las palabras y aprendí y aún aprendo cómo se juntan entre sí los signos y los significados. Porque yo no aprende solo. Si lo dejas solo, al pobrecito yo, es como un saco tristísimo de átomos, algo parecido a un corazón sin sangre, una cosa así como flotando en una cámara toda oscura, en una como habitación insonorizada y aséptica, como en un sueño sin actos ni personajes, ni siquiera moscas, nada. Lo que prefiere yo es ensuciarse. Habrá quien diga que a ese yo hasta le gusta que le peguen. Agradece que lo golpee cuando menos un rayito de luz, que lo lastime el chirrido de una puerta que se abre. Y la puerta la abre tú. Tenías que ser tú. Cómo agradece yo ese rayito de sol que se cuela por el umbral, ese chirrido que se abre paso hacia lo oscuro.

Y la mano piadosa de otro tú abre las ventanas y toca el hombro de yo, o quizás era otro tú el que lo tocaba, o quién sabe, quizás sí fuiste tú quien se acerca a mí y le dice en el oído: oye, yo, despierta ya, juguemos al nosotros. Qué rara es esa voz, como de muchos túes juntos. ¿O debería decir que suena como a muchos yoes? Ah, pero es que ya lo veo, quiero decir que yo es quien lo ve, que a esa mezcla de yo y tú le han puesto nombre. Nosotros. Si la luz, el ruido, una mano en el hombro y una voz en el oído alcanzan a tocarme, yo ya no soy yo, porque ahora soy un yo con tú, ahora hay un nosotros. Y tú tampoco eres ya tú. Bueno, tú, bienvenido a nosotros. Y bienvenido seas también tú. Y tú. ¿A qué vamos a jugar? ¿Dibujaremos juntos al pájaro tras la ventana? (Esa palabra, “juntos”, sí que es una novedad).

¿Caminaremos juntos, compartiremos la mesa, cantaremos? Sí, claro. Por qué no. Parece que a nosotros no hay nada que le parezca demasiado ajeno. En todo pone las manos, sus muchas e innumerables manos. No se diga la escritura. Nosotros escribe mucho. Usa palabras de todos los idiomas y a veces hasta inventa, inventa las palabras y también inventa los idiomas.

¿De qué escribe? En su escritura caben la textura del durazno y el olor a sangre y pólvora de un genocidio. La magnitud de las estrellas y el cabello de una niña. Con esto quiero decir que nosotros escribe acerca de nosotros, de la muchedumbre que nosotros somos y de la orgullosa fragilidad que cada uno de nosotros ostenta. De las certezas íntimas y las incertidumbres colectivas. Y cuando nosotros escribe lo hace por una de esas certezas íntimas, porque lo siente como una obligación, porque el mundo se siente muy extraño y muy hostil en tanto que nosotros no se dé a la tarea de traducirlo para nosotros en palabras.

Pero tengo la sospecha (yo sospecho, y creo que tú también sospechas, así que nosotros sospechamos) que las más de las veces es por gusto, por placer, que nosotros escribimos. Como si las palabras fueran la final justificación de las palabras mismas, el destino feliz del oficio de ser nosotros mismos. Como si las palabras fueran ¿lo diré? ¿Como si las palabras fueran…  nosotros? ¿Será que somos nosotros los que nos estamos escribiendo? ¿Será que sin palabras que lo cuenten no nacemos de verdad, ni de verdad morimos, ni puede desplegarse la vela de nuestros acontecimientos ni viento habrá que sople y nos conduzca hacia buen puerto o al naufragio? Por algo en toda tradición espiritual las palabras son indispensables. Sin ellas el mundo es aleatorio, carece de sustancia, no existen bien ni mal, no puede conjurarse la bondad de las deidades ni se puede exorcizar el poder del enemigo. Pero nosotros somos las palabras. Nosotros somos quienes damos esa forma al mundo, quienes decimos bien y mal, arriba abajo, la maldición y la bienaventuranza. Por nuestras palabras nacen los credos y sus dioses, y es por medio de palabras, de palabras nuestras, que declaramos la adhesión de nuestro ser a una idea o una fe. Y es por ellas que declaramos también nuestro rechazo.

Escribimos. Escribimos acerca de nosotros. Nosotros escribe acerca de tu dolor y el mío, acerca de nosotros. En mis palabras se cuaja la forma de mi voz y se dibuja el relieve de tu rostro. ¿Y lo son? ¿Tu rostro y mi voz? ¿O son palabras solamente, y tu rostro y mi voz son dos evanescencias, algo que quise construir, fijar con las palabras, pero que por entre las palabras mismas se me esfuma, como un misterio que solo parcialmente puedo develar? ¿Será que eso es todo lo que somos, un misterio, y es por eso que nos escribimos tanto, de continuo, con magnífica obsesión, con anhelo de saber quién somos? ¿Será por eso que yo escribo? ¿Y tú por qué escribes lo que escribes? Dime: ¿por qué, a la mitad de la borrasca, con los mástiles rotos, escribimos? O mejor no me lo digas. Alguna fábula nos habremos de inventar para explicar algunas de estas cosas. Y la escribiremos. Vaya que sí. La escribiremos.

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