¿Por qué hacer cine?

Cuando comencé a hacer cine fue de puro coraje. Llevaba ya gran parte de mi vida consumiendo películas como desquiciado, pero poco a poco me alejaba cada vez más de lo que quería hacer.

Tenía 18 años, estaba estudiando la carrera en Ingeniería Química (la cual no me gustaba mucho y estoy seguro de que yo nunca le gusté de vuelta) y, como buen cinéfilo, pasaba mis tardes sobreanalizando películas, buscando cualquier referencia en ellas y pensando que yo lo haría mejor que muchos directores que consumía.  Un día, simplemente, me aburrí, quería grabar yo, quería ver en pantalla los lugares que yo frecuentaba y trabajar con las personas que yo conocía; quería dejar de solamente estar opinando.

Al principio, fue complicado, y cada vez que me acercaba a algún grupo de cine, cineclub o videógrafo, me decían que hacer cine era laborioso, tardado e incluso imposible.

Las excusas eran las mismas que han sido siempre y las mismas que escuchamos hoy: Que no existía la infraestructura en la ciudad, que la gente no le veía interés y que probablemente era mejor abandonar esas ideas antes que cualquier cosa fatídica pudiera pasar, porque, OBVIAMENTE, viviendo en Reynosa, la simple idea de apuntar una cámara afuera de tu ventana era considerada deporte de riesgo.

Al principio les creí, me desmotivé y procuré seguir caminando sobre la línea de la cinefilia, pues pensaba que era lo mejor a lo que podía aspirar. Pero un día, después de la millonésima reunión para solo hablar de cine, decidí dejar de pedir permiso.

De alguna manera conseguí el dinero para comprar una cámara, y de alguna manera, conseguí actores, un lugar y una historia, y hasta ahora, mi proceso creativo, a pesar de haberse vuelto un poco más cuidado, se sigue resumiendo en eso: De alguna manera sigue sucediendo.

Para mí, desde el principio, el cine siempre fue como traer una pistola en un restaurante. Parece que no, pero incomoda. A lo mejor no se usa, pero la gente no puede dejar de verla. Probablemente sea falsa; sin embargo, la cabeza de uno comienza a creérsela.

El cine es para incomodar, para proponer y para destruir, y en un lugar como Reynosa, el cine es para gritar, para registrar y para resistir. El intentar negar tu contexto geográfico, político y temporal es asqueroso, porque las mentiras se notan, y se notan mucho más cuando están grabadas.

Yo no hago cine porque quiera, es porque habita en mí como una condición neurológica, algo que no puedo evitar. Cada mañana le pido a Dios que me haga encontrar un estilo de vida, un hobby o algo que me aleje del cine y me traiga paz, pero cada mañana, Dios me contesta a través del café: “No tienes de otra”, me dice.

Me han dicho que deje de hablar de lo que hablo, que las historias sobre el calor, la tierra, lo absurdo y el sinsentido que carga la frontera en sus hombros son cosas que no interesan, que ya se ha dicho suficiente; que mejor voltee mi cámara a otro lado, que intente captar la belleza de la frontera y que me olvide de lo demás, que porque así jamás voy a conseguir financiación, ni dinero, ni reconocimiento, pero, pues, ni modo. ¿Qué más le hago? Es lo que conozco, lo que me pasa y lo que me duele.

Tal vez mañana me pase como a Wim Wenders, que después de hacer cine con carga politica toda su vida, ahora intenta desligar el arte de estos temas, pero al menos por hoy, eso no va a pasar.

10 años después de abandonar la ingeniería, aquí estoy, graduado de una escuela de cine, incluso ex-becado por el sistema de creadores como guionista y editando mi primer largometraje mientras preparo mi ¿sexto? cortometraje y escribiendo unos cuantos más. Si me hubiera quedado con la idea de que era imposible, no sé qué sería de mi vida. El oficio del cineasta es ingrato, sí, sin duda, pero trae recompensas invaluables.

Porque cuando uno ve por lo menos el 0.1% de lo que quería transmitir en una pantalla, ya es una ganancia.

Cuando ves tu creación moviéndose, haciendo que la gente reaccione, llore, se ría, se enoje, te alabe o te critique, ya es una ganancia.

Con que al espectador se le muevan tantito las tripas, uno se da por bien servido.

Y ya para por fin responder a la pregunta que abre este texto: El cine se debe hacer porque se debe hacer, no hay más, aunque sea cansado, laborioso, tardado e imposible. Porque para el Estado, para la autoridad y para la institución, siempre será mejor que uno no haga nada; por eso tenemos la obligación de seguir creando.

32 comentarios en “¿Por qué hacer cine?”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio